Aprendiendo a saltar

 

            El otro día, mientras esperaba a alguien, se acercó un padre con su hija a una parada de bus próxima al lugar en el que yo estaba. La niña tendría poco más de año y medio. Parecía ya dominar el maravilloso arte de “caminar”, es decir, que ya no se tambaleaba ni se caía fácilmente.  Pero estaba a punto de enfrentarse a una nueva prueba en su corta vida. 

            En el lugar donde estábamos había una acera que tenía un pequeño “escalón” de unos 3 cm. Muchos de nosotros ni siquiera lo notaríamos al dar unos pasos normales por ser tan poca cosa. Como digo, la gente que por allí pasaba no reparaba en este pequeño obstáculo. Pero nuestra protagonista, se empezó a fijar en él. Se acercó, lo miró, se agachó y entonces retrocedió. Tomó una larga distancia para iniciar su carrera hacia su obstáculo. Preparada; lista... YA! Salió corriendo pero a la hora de saltar (lo que para mi no se podía considerar un obstáculo) se frenó y se cayó al suelo.  El padre, ajeno a la gran prueba que estaba viviendo su hija, la ayudó a levantarse y siguió mirando el periódico mientras que el transporte no llegaba. 

            Pero la pequeña no cedió. Se acercó de nuevo a su objetivo y repitió los movimientos anteriores. Se agachó, lo tocó (como si lo estuviera midiendo) y se puso en pie con cara de preocupación. Se estaba dando cuenta de que ya sabía caminar pero aún no sabía saltar. Se alejó como la primera vez y en esta ocasión iba dando “saltitos”. (Me hizo muchísima gracia porque, era como si estuviera calentando).

            Emprendió su carrera y se fue hacia su objetivo con cara de la más concentrada atleta. 

            Yo estaba convencida de que era imposible tropezar ahí, por muy poco que saltara. 

            La pequeña corrió y elevó un pie por delante del otro pero no fue suficiente. Tropezó! Cómo podía tropezar! Yo no me lo podía creer. (Aunque esta vez no cayó, supo mantenerse en pie).

            Yo tenía ganas de animarla y decirle: “Venga, vamos, tú puedes, no te rindas ...” 

            La pequeña tenía un objetivo y cada vez estaba más cerca de conseguirlo. Al menos en esta ocasión contaba con que podría caer y fue más firme en su torpeza.

            Concentrada una vez más, retrocedió sin quitar ojo de su objetivo. Su carrera fue más firme y su cara era ya de “experta en saltos”. Levantó su pie y... Siiii, lo hizo! Lo saltó!  La niña empezó a correr de alegría, se agachó para mirar otra vez el escalón y no paraba de reír. Qué contenta estaba!


            Entonces comprendí que todos a lo largo de la vida nos enfrentamos a obstáculos de distintos tamaños. Algunos de ellos no son siquiera considerados una prueba para otros, pero si tú no lo puedes superar, para ti, si lo es. Tienes que hacerle frente las veces que haga falta, como la pequeña saltadora. 

            En ocasiones los que te rodean no reparan en que tú estás en plena prueba, y aunque lo vean con sus ojos, (como para ellos no es una dificultad) ni se fijan. 

             Pero, recuerda lo más importante; los ojos de Dios siempre te están mirando. Dios se goza en tu crecimiento y en tu superación. Pero para ver cómo te superas, en muchas ocasiones, tiene que dejarte solo/a delante de tu obstáculo para que madures. 

            Él cree en ti! Él te dice: “Venga, vamos, tú puedes, no te rindas ...”

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